jueves, 23 de febrero de 2012

La Normalidad como Resistencia en Psicoanálisis



Por
Lic. Esteban Fernandez
MN 50316/MP 83605



Ante la duda, consulte a su médico. Pues bien, el médico tranquiliza: ¨ no se preocupe, lo que usted tiene es Normal ¨. También se respira aliviado cuando se lee que un estudio devuelve lo siguiente: ¨ no se ha encontrado anormalidad ¨ o algo similar.


La ciencia busca dar con las leyes que rigen al universo. Es normal que si dejo caer un objeto, este caiga debido a la ley de la gravedad. En el campo de la medicina, se busca que el cuerpo funcione normalmente. En otras palabras la normalidad en la medicina, si bien no es un sinónimo de salud ni mucho menos, guarda estrecha relación con la misma. (En el siguiente link se puede encontrar una descripción detallada del uso del concepto ¨ normalidad ¨ en medicina: http://www.facmed.unam.mx/deptos/salud/censenanza/spiii/spiii/07-defnormalidad.pdf . Nótese que propone ¨ normal = sano ¨). La normalidad puede ser entendida como cierto cálculo matemático que le permite a la estadística clasificar características como normales y otras como anormales.  Un ejemplo sencillo: es normal que el corazón lata a cierta frecuencia para ser considerado normal, y por lo tanto, sano. Si los latidos del corazón están por encima o por debajo de la campana de Gauss (o de lo esperado como Normal), hay suficientes razones como para pensar que el órgano se encuentre enfermo o potencialmente enfermo.


También es ¨ normal ¨ encontrarse en el consultorio psicoanalítico con situaciones donde la idea de normalidad, para el paciente, cumple una función determinada. Ante la interrogación sobre tal o cual aspecto de su vida, suele escucharse lo siguiente: ¨ no tiene importancia, después de todo ¿no es algo normal lo que me pasa? ¨, ¨ nunca me lo puse a pensar…creo que es algo normal ¨, ¨ no me gusta mucho q me pase esto, pero de todos modos es algo normal ¨.


Puede notarse que en estos casos la interrogación propuesta es suturada  rápidamente con respuestas que no dan lugar a un procesamiento posible de la situación en cuestión.  No habría nada que pensar, nada que indagar,  ya que al ser algo ¨ normal ¨ no estaría revistiendo ninguna importancia, mas allá de que el mismo paciente perciba que en ese mismo aspecto ¨ normal ¨ haya algo que le genera un malestar. Con esto no quiere decirse que cada vez que se hable de algo ¨ normal ¨ en el consultorio, se este ante la misma función de sutura, como se ejemplifica arriba.  Como cualquier otro significante, la ¨ normalidad ¨ no significa nada en si misma. Es en transferencia en donde puede reconocerse que lugar ocupa, en cada paciente, determinado significante. Esto permite entender como lo que es normal para el paciente A, puede ser algo totalmente anormal para el paciente B.


Mas allá de las diferencias conceptuales acerca de lo normal con que uno puede toparse en el consultorio (o fuera de él), lo importante es captar cuando este concepto juega un rol bien especifico. Ese rol puede ser el de cierta resistencia, si que quiere. ¿De que manera ocurre esto? Simplemente cerrándose toda interrogación en la cuestión de que algo pueda ser objetivamente normal.


Acá se habla de aquellos casos donde, por el contexto subjetivo del paciente (su historia, sus afectos, sus creencias, su personalidad, etc.) puesto en juego en la transferencia,  es evidente que el concepto de lo ¨ normal ¨ hace de soporte a una resistencia para no tocar ciertos temas que podrían ser importantes para el análisis. El análisis se detiene, o bien se desvía ahí donde se percibe que podría haber alguna cuestión clave en la lógica del padecer subjetivo.


Básicamente, una resistencia es aquella palabra o acto que obstaculiza el acceso al contenido inconciente. En el caso de la repetición en transferencia, que es un acto, sustituye a la palabra. En el análisis se trabaja con la palabra. Es a través de la asociación libre, de ese juego de palabras, que se accede a lo inconciente. Si aparece el acto en lugar de la palabra, se detiene la asociación. No se habla, se repite. El análisis queda anclado hasta que la resistencia pueda ser elaborada. Pero la palabra misma puede volverse una barrera a la emergencia de nuevas palabras, y de no cualquier tipo de palabras. Cuando lo que se esta deteniendo es la posibilidad de aparición en la conciencia de representaciones inconcientes, recién ahí es posible hablar de una resistencia. Este tipo de resistencias parten del yo del analizante. En pocas palabras, sin que el paciente lo advierta de esa manera, se mantiene reprimido aquello que por diferentes motivos ha sido desalojado de la esfera conciente (las resistencias y las defensas, si bien son yoicas, son inconcientes).  Como la represión de los elementos inaceptables para el yo no se da de una vez y para siempre, es necesario mantenerla en funcionamiento. Si el análisis esta encaminado hacia lo inconciente, es de esperarse que las resistencias se vuelvan mas fuertes, aportando mas energía en pos de mantener alejado lo reprimido por el yo.


Nótese entonces la diferencia entre pensar la cuestión clínica en tanto si una conducta del paciente es normal o anormal objetivamente (y eso lleva el problema de tratar de establecer que en el humano hay conductas normales o anormales) o como eso que expresa cumple una función en el análisis y en su neurosis. En definitiva, el peso recae en advertir el lugar y la función que la palabra del paciente tiene en sus neurosis de transferencia. De esa manera, se esquiva el cerrar el problema en ciertas objetividades estadísticas (¨ según X lo que usted hace es normal/anormal ¨), aportando ¨ energías ¨ externas a la resistencia del analizante. La dirección de la cura analítica exige el camino contrario, aquel que ayude a desarmar esa resistencia sostenida en la pretendida ¨ normalidad ¨, permitiendo el surgimiento de la verdad subjetiva.


Si el profesional contesta sugestivamente a la pregunta sobre la normalidad que plantea el paciente en base a cierto ideal (ya sea un ideal científico, religioso, moral, etc.), este último queda aferrado a esa opinión (y la opinión del profesional no tiene el mismo peso que la opinión de cualquier otra persona). Se podría decir, el paciente confirmará su normalidad, o se enterará de su anormalidad, y se ajustará a esa idea. El yo resistente del analizante tendrá nuevos argumentos en los cuales descansar. Actuará conforme a esa supuesta normalidad o hará todo lo contrario si es que  se trata de una anormalidad, pero en definitiva predominará la sugestión y el yo no permitirá indagar por debajo de ese problema (acá debería hablarse de la resistencia del analista). Como analista, se habrá obrado a favor de la resistencia y en contra de la continuidad del análisis. El sujeto quedara amarrado al yo y al universo de significaciones del que forma parte y se identifica, y no advendrá como verdad subjetiva en el análisis. En cuanto aparece la dimensión  subjetiva, ya quedan pocas razones para pensar si algo de eso es normal o no, ya que lo subjetivo solo puede medirse en si mismo.


La dirección de la cura analítica empuja a bordear los límites de los conceptos de salud y  enfermedad que la medicina ofrece. Mientras esta última se ordena en base a esa noción de normal = salud, proponiendo lo que el ser humano debería ser para ser normal o sano, el psicoanálisis se ve en la tarea de interrogar y de volver el saber objetivo (el que partiría del profesional) al saber subjetivo (la verdad inconciente). 




domingo, 19 de febrero de 2012

Ataques de Pánico: ¿Tienen Solución?





Por
Lic. Esteban Fernandez
MN 50316/ MP 83605





Para comenzar es necesario establecer una descripción de lo que se conoce como ¨ Ataque de Pánico ¨. Según el  Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM IV),  este cuadro es definido en base a ciertos episodios en los cuales surge una sensación de terror sin que haya un estímulo concreto que la motive. La clasificación dentro del manual es más amplia, especificando la cantidad de episodios y otras características que se engloban en la misma. Se hace referencia a los mareos, sudoración, temblores, etc., que muchas veces acompañan a la sensación de miedo desbordante. También se ocupa de ubicar en otras categorías a cuadros parecidos, permitiendo el diagnostico diferencial,  como la fobia en sus variedades, por ejemplo.

De todas maneras, lo importante aquí no es centrarse en las clasificaciones del manual psiquiátrico, sino tratar de entender un poco mas acerca de este fenómeno tan divulgado y conocido, pero pocas veces entendido.

Es muy común encontrarse en el consultorio con pacientes que presentan un vínculo muy particular con este tipo de afecciones. Saben describir muy bien las sensaciones y pensamientos  que vivencian durante los ataques, pero no logran dar cuenta del por qué de los mismos. Y más aún, no sienten que esos ataques tengan ninguna relación con sus vidas, historia, personalidad, afectos, etc. Sufrirían de ¨ pánico ¨ de manera análoga a como alguien podría sufrir  un resfriado. En otras palabras, el paciente que sufre de ataques de pánico no suele implicarse subjetivamente al malestar que lo aqueja.

Frente a esta demanda del paciente se abren dos grandes formas de abordaje dentro del campo profesional ¨ psi ¨ (el orden en que aparecen a continuación es meramente arbitrario): una tiene que ver con el propuesto por la psiquiatría y las psicoterapias asociadas a la misma (como por ejemplo, aquellas denominadas ¨ terapias breves ¨, ¨ focalizadas ¨, ¨ cognitivo/conductuales ¨, etc.). Todas estas disciplinas están enmarcadas en una lógica de salud y enfermedad mental de tipo médico, poniendo el mayor énfasis en las cuestiones orgánicas intervinientes (el cerebro y el sistema nervioso), donde lo psíquico aparece en una suerte de efecto de las alteraciones físicas. Desde este marco, el ataque de pánico (como cualquier otro cuadro psicopatológico) es considerado como análogo a las enfermedades médicas. Se aplica psicofármacos y  diferentes técnicas de control, adaptación, re-educación y condicionamientos hasta que el mal que aquejaba al paciente ya no se evidencia. En otras palabras, se ayuda al paciente a ¨ dominar ¨ las sensaciones o a evitarlas.

En cuanto al ataque de pánico, se suele aplicar medicación ansiolítica (se inhiben ciertas funciones orgánicas intervinientes en el mecanismo corporal de la ansiedad) complementándosela con diferentes técnicas de ¨ inhibición ¨ psicológica. Estas últimas responden a un reacondicionamiento de las ¨ ideas patógenas ¨ por nuevas ¨ ideas sanas ¨ o ¨ adaptativas ¨. Se le enseña al paciente a no tener miedo, aunque no pueda siquiera saberse a que es a lo que se le teme.     Esta es la solución propuesta, a grandes rasgos, desde este enfoque disciplinario.

La segunda forma de abordaje, aquella que proviene del psicoanálisis (fundado por Freud y desarrollado hasta el presente), propone que en el padecer psíquico existe una lógica inconciente, propia de cada subjetividad. En lugar de sostener que el ser humano es un individuo (es decir, que no esta dividido) constituido como una totalidad orgánica/psíquica, demuestra que el sujeto es, en si mismo, un ser estructurado por diferentes instancias psíquicas. Así demuestra que por un lado existe la vida conciente, pero que al mismo tiempo existe el mundo de lo inconciente, operando sobre la misma persona. El ataque de pánico es un gran ejemplo de todo esto: el paciente no puede decir nada acerca de que es lo que le hace tener esos estados emocionales. Las razones permanecen veladas hasta que se le da un lugar a la palabra. En esta diferencia se puede ubicar, respectivamente, a la psiquiatría y su individuo totalizado  por un lado, y al psicoanálisis y a su sujeto  dividido por el otro.

La solución que aporta la doctrina freudiana dista de la psiquiatrica fundamentalmente en que no se busca controlar, inhibir o reacondicionar el padecer, sino que se busca poder reubicar, en el contexto subjetivo, el lugar que ese dolor tiene en la historia y la vida emocional del paciente. No se trata de taponarlo, sino de lo contrario. De esta manera se ordenan los elementos psíquicos inconcientes con aquellos concientes, otorgando la posibilidad de que el paciente advenga a una nueva posición en la que ese padecer deja de ser un enigma sin sentido. Al ir encontrando los nexos, desde lo conciente a lo inconciente, aparecen los conflictos internos olvidados, negados o invisibilizados  que hacen de base al ataque de pánico. Así, no solo cede aquel malestar que trae al paciente a la consulta, sino que permite un reacomodamiento global de la subjetividad. No hacen falta así medidas de control ni inhibición farmacológica.

Hace falta aclarar que esta es solo una exposición descriptiva. Ambas disciplinas, si bien plantean la problemática y la solución desde diferentes modos de entendimiento, pueden trabajar interdisciplinariamente. Esto quiere decir que es posible el abordaje conjunto sobre la misma cuestión.

Se evidencia que no existe una solución para el ataque de pánico, sino que existirían más de una. Y en esta pluralidad de posibilidades de intervención, se hace necesario preguntarse por la calidad de cada una de ellas. ¿Es la solución el control y la medicalización? ¿Puede esto ubicarse cualitativamente al mismo nivel de la solución en cuanto advenimiento subjetivo, aquel que introduce un cambio profundo en la persona que padece?

La tarea de cuestionar esta temática involucra, por supuesto, a los profesionales del ámbito de la salud mental, sea cual fuere su orientación teórica. Pero por sobre todo, también debería involucrar a la población en calidad de paciente, ya que es quien debe decidir que tipo de intervención y solución desea para si mismo y su entorno.